En el corazón de Putumayo, en Puerto Asís, una bandera de seis colores rompió el gris del cielo de una tarde oscura y lluviosa. Se izó frente a la alcaldía del municipio como si buscara permiso del viento —y tal vez del pasado— para ondear con orgullo. No fue solo una ceremonia institucional. Fue una coreografía de resistencia.
El símbolo internacional del orgullo LGBTIQ+ se alzó respaldado por el gobierno local. Detrás del acto, la Secretaría de la Mujer, la gestora social Diana Alejandra y un pequeño pero persistente colectivo de cultura independiente: Chubasco Cine Club. Juntos convocaron a quienes, por años, vivieron con la voz baja y los afectos escondidos.
En una tierra donde la diferencia ha sido peligrosa, ese trozo de tela multicolor fue mucho más que una bandera: fue un espejo. Y lo que reflejó no fue solo identidad, sino también dolor, coraje y un anhelo urgente de libertad.
En Puerto Asís, salir del clóset es más que un acto íntimo. Es una decisión cargada de historia, familia, religión y, muchas veces, miedo. Por eso, lo que se vivió el 28 de junio frente a la alcaldía no fue solo una conmemoración: fue una aparición colectiva. Un “estamos aquí” pronunciado con la voz entera y sin pedir permiso.

Cañer Carrera, gestor cultural y comunicador social, creció en estas calles sabiendo que su verdad debía esconderse. “Por tradición o por familia, los temas relacionados con las diversidades nunca se tocan”, dice. “Muchas veces nos toca escondernos o salir del clóset demasiado tarde. Incluso de adultos, aún se escuchan comentarios”. Su tono no es de queja, sino de resistencia templada. La misma con la que, junto a un pequeño grupo de amigos, ha comenzado a liderar espacios para visibilizar a las personas LGBTIQ+ en el municipio. “Reconocerse es difícil. Reconocer a otros en el territorio, también. Pero da alegría. Y empodera”.
En los carteles escritos a mano se leían mensajes como pequeños gritos de libertad: “La homosexualidad no es una enfermedad… la homofobia sí”, “El amor no es un crimen, tu homofobia sí”. Las frases, firmadas por manos temblorosas y firmes, revelaban el peso de años de invisibilidad, y también el alivio de ya no estar solos.
John Frei Bocanegra, representante de la mesa departamental de población diversa, lo pone en palabras sencillas: “Ser parte de esta comunidad nos ha abierto muchas puertas. Sí, nos ha tocado duro. Pero también hemos podido orientar a otras personas, ayudarles a que pierdan el miedo”. Él no olvida a quienes abrieron camino y ya no están. “A una la llamábamos ‘La Gata’. Luchó mucho por nosotros, pero ya no está. A ellos les debemos estar hoy aquí”.
Los retos son muchos y van desde lo íntimo hasta lo institucional. “El primer rechazo fue de nosotros mismos, por no saber quiénes éramos”, confiesa John. “Luego vino la lucha por incluirnos en la comunidad. Pero estamos avanzando”.

Desde la institucionalidad, Diana Carolina Díaz, de la Secretaría de la Mujer, reconoce que falta mucho, pero insiste en que las puertas están abiertas. “Tenemos atención psicológica y jurídica gratuita en la Casa de la Mujer. Queremos que la comunidad LGBTIQ+ sepa que no está sola. Soñamos un Putumayo donde haya respeto”.
En esta tierra de caminos verdes y heridas largas, cada testimonio es una grieta en el silencio, una bandera más ondeando en la conciencia colectiva.
En Puerto Asís, soñar en voz alta es, a veces, un privilegio. Pero este 28 de junio, entre pancartas y banderas, hubo algo parecido a un respiro colectivo: por unas horas, imaginar un futuro sin miedo dejó de ser un acto secreto.
“Queremos que muchas personas lleguen aquí, que no les dé pena, que no les dé temor de ser parte de la comunidad”, dijo John Frei Bocanegra con los ojos brillando bajo la luz difusa del atardecer. “El temor nos ha tenido encerrados. Pero ya es hora de romper esa barrera”.

Romper barreras ha sido la constante. Barreras familiares, escolares, laborales, espirituales. Cañer Carrera lo sabe bien. Por eso, cuando le preguntan qué le diría a un joven que aún teme mostrarse, responde con ternura y paciencia: “Con calma. Sin presiones. Busquen apoyo en la Secretaría de la Mujer, en sus amigos, en quienes sí los aman. Todo a su tiempo”.
En la distancia, el Putumayo sigue siendo un lugar donde el Estado llega tarde, donde la memoria del conflicto sigue respirando en los rincones. Pero si algo quedó claro ese día, es que la esperanza también puede ocupar territorio.
“Desde la Secretaría soñamos un Putumayo donde la comunidad respete”, dijo Diana Carolina Díaz. “Donde el género no sea motivo de violencia. Donde las campañas no sean solo afiches, sino actos cotidianos de empatía”.
No es solo una bandera. Es una historia que, por fin, aprendió a contarse con todos sus colores.

